Se quedó contemplando en el suelo de la cocina el plato roto y la comida embarrada. Sostuvo la mirada fija mientras la luz terminaba de prenderse (era uno de esos focos ahorradores, que sólo empiezan a iluminar un minuto después de estar prendido). No le preocupaba el plato ni la comida. Lo invadía la pereza de tener que recoger y limpiar, y la masticó durante un buen rato. Finalmente sacudió de su brazo la comida que había caído ahí, y la tiró al suelo. Fue al baño y mientras se lavaba notó que su sudadera estaba sucia. Se la quitó en su cuarto y se puso zapatos. Bajó de nuevo a la cocina, pasó por encima de la comida y se sirvió un vaso de leche. Subió a su cuarto y siguió viendo televisión como si nunca hubiera tenido hambre.