7/12/16

Triple Axel en horizontal

Antes de caer realizo un triple Axel en horizontal. Supongo que cuenta. Al fin y al cabo es un triple Axel, aunque sea en horizontal. Años y años de práctica y vengo a lograrlo aquí y ahora. El doble Axel lo tengo dominado, me salió por primera vez en Sochi 2014. Claro que después de hacerlo tropecé, me golpeé contra el hielo y mi pantalón se empapó. Me levanté como si nada y seguí patinando como siempre. Recuerdo a mi entrenador diciendo: “Si te caes te levantas y sigues patinando como si nada. Olvidas la caída y te concentras en el siguiente salto.” Creo que esta vez no podré levantarme y seguir patinando.
Conozco a mi entrenador desde que tenía siete, hace 18 años. Daniel siempre ha sido muy estricto, pero también muy amable. Cuando comencé vió algo en mí, y a las pocas semanas habló con mi padre para convertirse en mi entrenador personal. Siempre ha estado ahí, a mi lado, viendo desde la banca mis aciertos y mis errores. Estuvo ahí cuando gané mi primer nacional, estuvo en Vancouver 2010 y en Sochi 2014, cuando logré el doble Axel. Ojalá estuviera aquí para ver este triple Axel y decirme que meta el abdomen.
Antes de caer realizo un triple Axel en horizontal. Volteo hacia arriba y ahí está el rostro de mi padre estirando el brazo, como siempre. Cuando hice mi primer Loop, a los diez años, volteé a verlo y ahí estaba su rostro estirando el brazo para saludarme. Cuando logré el doble Axel en Sochi, volteé a verlo y ahí estaba su rostro estirando el brazo con el puño cerrado para celebrar. Hoy realizo un triple Axel, volteo a verlo y ahí está su rostro, estirando el brazo para salvarme.
Antes de caer realizo un triple Axel en horizontal. Como siempre que realizo un salto, el tiempo está detenido. Pero esta vez todo se difumina. No escucho a mi padre gritar. No veo el helicóptero sobre mí. No siento la brisa del mar revoloteando abajo. En su lugar veo mi vida pasar. Recuerdo la escuela en Madrid. La primera vez que entré a una pista de hielo. A Daniel gritándome. Recuerdo Vancouver y Sochi. Recuerdo a mi padre y su empeño por convertirme en patinador profesional. Felicidades, padre, lo lograste. Recuerdo las veces que fui campeón de España, y aún más las que fui campeón de Europa. Incluso siento el frío del hielo. El maldito frío del maldito hielo.
Antes de caer realizo un triple Axel en horizontal. Caigo y choco contra el mar. ¡La gente se pone de pie y me ovaciona! Quizás esta vez me lleve una medalla olímpica. Daniel y mi padre estarán orgullosos.

Antes de caer realizo un triple Axel en horizontal. Pero esto no es la pista de hielo y esto no es un triple Axel. Caigo. Eso es todo. Choco contra el mar. El rostro de mi padre estirando el brazo no puede salvarme. Cierro los ojos. El agua me inunda. Todo está bien. Antes de caer realicé un triple Axel. Daniel y mi padre estarán orgullosos. Nunca veré sus rostros de nuevo, pero puedo imaginármelos estirando el brazo para felicitarme. Un triple Axel. Qué hazaña. Y en horizontal. Debo ser el primero.

10/11/16

Nada más que un cocinero

Le corto la cabeza a una zanahoria. Esto hago todos los días, es mi trabajo. Nunca sé qué zanahoria es de dónde viene. A mí sólo me las traen, yo les corto las cabezas, y se van. 

   No es un mal trabajo. Antes era campesino y cultivaba cebollas, pero vino la guerra y se lo llevó todo. En la capital necesitaron hombres dispuestos a cortar cabezas de zanahorias (aunque algunas más bien parecen pepinos y otras se acercan al jitomate). Es un trabajo importante para mantener el orden, ya saben: el corte de zanahorias es lo que alimenta al pueblo. Llego temprano, cuando apenas está saliendo el sol y el sereno huye de la luz, corto la cabeza a las zanahorias que me traen y me voy antes de que el pueblo comience a comer.

   Me he vuelto popular con mi trabajo. A veces viene la gente a la plaza y juega ajedrez, habla o simplemente me ve cortar cabezas de zanahorias. A los niños, especialmente, les encanta.

   Hay zanahorias más difíciles que otras. Zanahorias cuyas cabezas se aferran al tallo; con ellas debo pasar dos o tres veces el hacha. También hay algunas zanahorias tranquilas, que no hacen ruido, mantienen un silencio absoluto desde que llegan y, por supuesto, cuando se van; pero hay otras escandalosas, que a gritos ruegan para no que no les corte la cabeza. A mí no me importa: es más: a las que gritan les corto la cabeza más rápido y con más fuerza.

   Algunos me preguntan cómo duermo tranquilo si mi trabajo es cortar cabezas de zanahorias. Es simple: son zanahorias que no conozco. Si alguna vez me trajeran a un amigo para cortarle la cabeza por traición al Estado en época de guerra, creo que no podría hacerlo. Pero mientras sean zanahorias anónimas todo está bien. Mientras sean zanahorias no soy nada más que un cocinero.

13/10/16

Somos la juventud salvaje y hambrienta de ebriedad



Llegamos a nuestras ceremonias agitados y con emoción: sabemos que los dioses nos esperan. Vamos entrando poco a poco. A medida que Pedro lo dispone, abre la cadena y nos deja pasar. Cuando cruzamos el sagrado arco dejamos atrás el mundo material de las preocupaciones y las inhibiciones, y entramos a un lugar dispuesto sólo para nosotros. Un lugar de luces divinas y música angelical, que nos determina en un estado psicológico más puro que cualquier otro. Los dioses mandan a sus sirvientes que nos traigan el agua bendita y nosotros, obedientes, la ingerimos sin aspavientos.

     Les rezamos a nuestros ídolos en bacanales y danzas. Todos juntos, pegados hombro con hombro, como hermanos, alcanzamos el éxtasis y nos elevamos a un mundo mejor. Subimos a nuestros profetas en altares y bailamos en torno suyo.

     Estas misas nuestras son un proceso de purificación. Ingerimos lo que los dioses disponen y limpiamos nuestras almas. Dejamos de ser nosotros y nos convertimos, por un momento, en seres todopoderosos. Así lo quieren los dioses. Ahí somos capaces de cualquier hazaña y de cualquier acción. No tenemos límites, los dioses nos los han quitado. Nos sentamos en tronos de terciopelo, a veces unos sobre otros. Vamos dándonos cuenta del profundo lazo que nos une. A cada paso se incrementa el amor que sentimos los unos por los otros, hasta que el afecto y el cariño se vuelven incontrolables. Cada noche encontramos alguien con quien realizar la sagrada tarea de perpetuar a la especie y darles más adoradores a los altísimos.

     Salimos de nuestros templos zigzagueando, rezando plegarias en dialectos extraños y bautizando el suelo con el brebaje que nos brota de la boca. Caminamos por calles empinadas y empedradas como si fuéramos sus dueños. Como si con cada paso conquistáramos el suelo que pisamos. Los grandes han dispuesto que seamos reyes de la tierra. Si alguien se opone a su mandato es enemigo, y debe ser destruido. No podemos permitir que ocurra en la tierra la impiedad. Por eso, a la menor provocación, maldecimos con injurias y aniquilamos con los nudillos, huesos sagrados, a quien no siga las leyes divinas.

     Volvemos a nuestros hogares y tomamos nuestros lechos, sintiendo cómo la pureza sale de nuestros cuerpos. Al día siguiente despertamos hechos cenizas con la memoria de ceremonia de la noche anterior y con la conciencia de que los dioses ya no están con nosotros.

     Somos la juventud salvaje y hambrienta de ebriedad.

26/9/16

Soy Abban Fu’ad

Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Todas las mañanas partía de Lesbos y pescaba. Surcaba el mar con mi capitán y su tripulación durante seis u ocho horas y cuando regresaba me quedaba atracado en el muelle viendo a las olas pasar. Mi cubierta estaba techada y mecanizada. Tenía una grúa enorme con la que sacaban a los peces del agua, pero poco a poco me han ido desarmando. Un día se  llevaron la grúa, otro los motores y finalmente la cabina del capitán. Ahora soy un bote  mediano con una escalera en la cubierta que lleva a un piso inferior en el que sólo viven sombras y ratas.

Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Hoy ha ocurrido algo importante: finalmente volví a zarpar, pero creo que esta vez no vamos de pesca. Por la mañana llegó un hombre grande y tosco que abrió mis puertas. Dejó  pasar a muchísima gente que parece organizada en familias y que habla árabe. Deben ser sirios, lo sé porque mi capitán era sirio y se parecen a él. Algunos traen maletas pequeñas. No sé quiénes son, pero son demasiados. Casi no caben en mí. Cuando estaban abordando subían a empujones y por donde fuera. Algunos se lanzaron al agua y treparon por mis 
paredes. Subieron hasta que no quedó espacio para nadie más. En general son silenciosos, sólo ven al mar o al cielo: no hay nada más que ver. Ahora es de noche. Nunca había estado en alta mar a esta hora. No es tan espectacular, las estrellas se ven iguales desde cualquier lugar. Las personas sobre mí han dejado su silencio un rato y han comenzado cantar. Desde la mañana no veo ningún otro barco, ni a ninguna otra persona. Estamos solos aquí.

Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Está amaneciendo. Quienes me ocupan están despertando. Fue una noche tranquila, sólo se sentía una leve brisa con el ir y venir de las olas, pero ocurrió algo interesante: hace rato tiraron a alguien por la borda, creo que estaba muerto. También escuché a algunas personas hablar. Están huyendo de algo, no sé de qué. No me caen bien. Son muchos, están sucios, pesan demasiado y estoy cansado. No sé a dónde vamos, pero creo que ellos tampoco. Algunos niños juegan a tirar cosas al mar. Ojalá 
tiren a más personas para quedarnos más solos.

Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Han pasado semanas. No estoy diseñado para pasar tanto tiempo en aguas abiertas, creo que estoy empezando a pudrirme: filtro agua y me estoy hundiendo. Alguien debe venir a rescatarme. Aunque sea pequeño y nadie me conozca soy un barco importante.
Las personas sobre mí han logrado sacar el agua con cubetas, pero de seguir así, pronto no podré más. Estoy cansado, necesito descansar. Estoy sucio, necesito que me limpien. Estoy roto, necesito que me reparen. Sólo quiero volver a la vida que tenía antes, amarrar en el 
muelle y dormir. Ya nadie me conduce, estamos a la deriva. Han lanzado más gente muerta por la borda, aunque todavía quedan muchos. Es interesante, voy dejando a mi paso una estela de cuerpos inertes y solos.

Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Han pasado seis meses, nadie vino a rescatarme. Hay 200 personas muertas dentro de mí. Muchos son niños. Cuando me hundí algunos alcanzaron a salir y escapar. No sé qué pasó con ellos, los perdí de vista sobre el mar. Era obvio que me hundiría con tanta gente sobre mí, en 
qué estaban pensando. Escuché a una madre decirle a su hijo que ella ya esperaba una muerte segura, pero era mejor esto a lo que dejaban atrás. He visto otros barcos pasar, también con demasiada gente sobre ellos. He intentado llamarlos pero no me han escuchado. Todavía puedo ver las estrellas a través del agua. Aquí sí se ven diferentes: el agua distorsiona su luz.
Desde el fondo del mar parece que las estrellas son un paisaje móvil y eterno.