Le corto la cabeza a una zanahoria. Esto hago todos los días, es mi trabajo. Nunca sé qué zanahoria es de dónde viene. A mí sólo me las traen, yo les corto las cabezas, y se van.
No es un mal trabajo. Antes era campesino y cultivaba cebollas, pero vino la guerra y se lo llevó todo. En la capital necesitaron hombres dispuestos a cortar cabezas de zanahorias (aunque algunas más bien parecen pepinos y otras se acercan al jitomate). Es un trabajo importante para mantener el orden, ya saben: el corte de zanahorias es lo que alimenta al pueblo. Llego temprano, cuando apenas está saliendo el sol y el sereno huye de la luz, corto la cabeza a las zanahorias que me traen y me voy antes de que el pueblo comience a comer.
Me he vuelto popular con mi trabajo. A veces viene la gente a la plaza y juega ajedrez, habla o simplemente me ve cortar cabezas de zanahorias. A los niños, especialmente, les encanta.
Hay zanahorias más difíciles que otras. Zanahorias cuyas cabezas se aferran al tallo; con ellas debo pasar dos o tres veces el hacha. También hay algunas zanahorias tranquilas, que no hacen ruido, mantienen un silencio absoluto desde que llegan y, por supuesto, cuando se van; pero hay otras escandalosas, que a gritos ruegan para no que no les corte la cabeza. A mí no me importa: es más: a las que gritan les corto la cabeza más rápido y con más fuerza.
Algunos me preguntan cómo duermo tranquilo si mi trabajo es cortar cabezas de zanahorias. Es simple: son zanahorias que no conozco. Si alguna vez me trajeran a un amigo para cortarle la cabeza por traición al Estado en época de guerra, creo que no podría hacerlo. Pero mientras sean zanahorias anónimas todo está bien. Mientras sean zanahorias no soy nada más que un cocinero.
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