Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Todas las mañanas partía de Lesbos y pescaba. Surcaba el mar con mi capitán y su tripulación durante seis u ocho horas y cuando regresaba me quedaba atracado en el muelle viendo a las olas pasar. Mi cubierta estaba techada y mecanizada. Tenía una grúa enorme con la que sacaban a los peces del agua, pero poco a poco me han ido desarmando. Un día se llevaron la grúa, otro los motores y finalmente la cabina del capitán. Ahora soy un bote mediano con una escalera en la cubierta que lleva a un piso inferior en el que sólo viven sombras y ratas.
Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Hoy ha ocurrido algo importante: finalmente volví a zarpar, pero creo que esta vez no vamos de pesca. Por la mañana llegó un hombre grande y tosco que abrió mis puertas. Dejó pasar a muchísima gente que parece organizada en familias y que habla árabe. Deben ser sirios, lo sé porque mi capitán era sirio y se parecen a él. Algunos traen maletas pequeñas. No sé quiénes son, pero son demasiados. Casi no caben en mí. Cuando estaban abordando subían a empujones y por donde fuera. Algunos se lanzaron al agua y treparon por mis
paredes. Subieron hasta que no quedó espacio para nadie más. En general son silenciosos, sólo ven al mar o al cielo: no hay nada más que ver. Ahora es de noche. Nunca había estado en alta mar a esta hora. No es tan espectacular, las estrellas se ven iguales desde cualquier lugar. Las personas sobre mí han dejado su silencio un rato y han comenzado cantar. Desde la mañana no veo ningún otro barco, ni a ninguna otra persona. Estamos solos aquí.
Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Está amaneciendo. Quienes me ocupan están despertando. Fue una noche tranquila, sólo se sentía una leve brisa con el ir y venir de las olas, pero ocurrió algo interesante: hace rato tiraron a alguien por la borda, creo que estaba muerto. También escuché a algunas personas hablar. Están huyendo de algo, no sé de qué. No me caen bien. Son muchos, están sucios, pesan demasiado y estoy cansado. No sé a dónde vamos, pero creo que ellos tampoco. Algunos niños juegan a tirar cosas al mar. Ojalá
tiren a más personas para quedarnos más solos.
Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Han pasado semanas. No estoy diseñado para pasar tanto tiempo en aguas abiertas, creo que estoy empezando a pudrirme: filtro agua y me estoy hundiendo. Alguien debe venir a rescatarme. Aunque sea pequeño y nadie me conozca soy un barco importante.
Las personas sobre mí han logrado sacar el agua con cubetas, pero de seguir así, pronto no podré más. Estoy cansado, necesito descansar. Estoy sucio, necesito que me limpien. Estoy roto, necesito que me reparen. Sólo quiero volver a la vida que tenía antes, amarrar en el
muelle y dormir. Ya nadie me conduce, estamos a la deriva. Han lanzado más gente muerta por la borda, aunque todavía quedan muchos. Es interesante, voy dejando a mi paso una estela de cuerpos inertes y solos.
Soy un barco blanco y azul, me llamo Abban Fu’ad y estoy hecho de madera.
Han pasado seis meses, nadie vino a rescatarme. Hay 200 personas muertas dentro de mí. Muchos son niños. Cuando me hundí algunos alcanzaron a salir y escapar. No sé qué pasó con ellos, los perdí de vista sobre el mar. Era obvio que me hundiría con tanta gente sobre mí, en
qué estaban pensando. Escuché a una madre decirle a su hijo que ella ya esperaba una muerte segura, pero era mejor esto a lo que dejaban atrás. He visto otros barcos pasar, también con demasiada gente sobre ellos. He intentado llamarlos pero no me han escuchado. Todavía puedo ver las estrellas a través del agua. Aquí sí se ven diferentes: el agua distorsiona su luz.
Desde el fondo del mar parece que las estrellas son un paisaje móvil y eterno.
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